31 de mayo de 2015

A cuatro décadas del adiós de Josephine Baker


Por Humberto Acciarressi

El 2 de octubre de 1925, la chica de 19 años subió por primera vez al prestigioso escenario del Theatre des Champs Elysées, de Paris. Cuando falleció, en 1975, era uno de los mitos del siglo XX desde mucho tiempo atrás. Alguien ha señalado, acertadamente, que Josephine Baker pasó las dos primeras décadas de su vida anhelando la fama, y los siguientes cincuenta años pensando qué hacer con ella. Entre una fecha y otra sucedieron tantas cosas, que la biografía de la Salomé de la pasada centuria apunta más a la enciclopedia que al mero volumen. Es por eso que a la bailarina que deslumbró la Belle Epoque con sus danzas de salvaje sensualidad, podría caberle la frase de Walt Whitman: "Contengo multitudes".

Frágil, muchas veces discriminada por su negritud (había nacido en Saint-Louis, Missouri, en 1906), esta mujer que se había acostumbrado a viajar en tren por los estados sureños de los Estados Unidos en los vagones de ganado, un día levantó campamento y se fue a bailar a Broadway a un cuerpo de baile de una compañía de negros de New York. Hasta que se fue a Francia, en dónde no tuvo que esperar demasiado para convertirse en una de las figuras más importantes del espectáculo, a quien el mismo Jean Cocteau calificó como "un hermoso ídolo de acero marrón, ironía y oro". La "Venus de ébano" comenzó a devorarse el mundo con su personalidad hechizante, dentro y fuera de los teatros. Todos la admiraban, incluyendo a Colette, Grace Kelly y Hemingway. Pero esa era una de las caras de la moneda.

Ya tenía la fama, pero no podía manejarla. "Todos parecía querer utilizarla -escribió Phyllis Rose en "Jazz Cleopatra"-; los artistas para su arte, los empresarios para ganar dinero, y los hombres para hacerle el amor". En cuanto a la última observación, la propia Josephine se jactaba de que el número de sus amantes alcanzaba las cuatro cifras. Pero había algo que la volvía loca: no podía tener hijos. Cuando en los umbrales de la Segunda Guerra se terminó la fiesta y muchos europeos pusieron los ojos en América, Baker adoptó la ciudadanía francesa y se dispuso a luchar contra el nazismo. Cuando sonaron los cañones y las balas se cobraron las primeras de las 60 millones de víctimas, la bailarina se incorporó a los resistentes franceses. Esos años de dolor y lucha le valieron la banda de la Legión de Honor y un calificativo que llevó siempre con orgullo: "La Rosa Negra de la Resistencia".

Después de la guerra, la vida de Josephine no fue la misma. Adoptó doce criaturas de diferentes países afectados por la hecatombe y creó para ellos un reino en su castillo "Les Milandes". Allí crió a los chicos en el respeto a la tolerancia racial y religiosa, y les inculcó todos esos valores por los que luchó durante su vida. El proyecto naufragó por cuestiones económicas y, para solventar la vida de sus hijos del corazón, remató todo lo que tenía. Con 69 años, 57 centímetros de cintura y 62 kilos de peso, era un mito viviente. Cuando le estalló el corazón en abril de 1975, entre sus papeles se encontraron recortes de sus tiempos de gloria en el espectáculo, algunos apuntes con los que pensaba escribir sus memorias y una infinidad de cuadernos escolares de sus hijos adoptivos. En varias oportunidades repetía una muletilla que la definió: "Si rompí las reglas fue sólo para ser feliz".

(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)