31 de diciembre de 2014

Betty Boop, pionera sensual del universo del cartoon


Por Humberto Acciarressi

Desde los años en que la historieta se destapó con toda la furia y sus páginas comenzaron a estar pobladas por las chicas más lindas y sexys que cabe imaginar (hasta los tradicionalistas japoneses entraron en el juego con las nenas de ojos occidentales de los animé y los manga), es difícil pensar un tiempo en el cual un dibujo animado, una muchachita de enormes ojos redondos, pestañas movedizas, voz sugestiva, pollera cortita y ligas, iba a ser el terror de los puritanos. Para colmo, Betty Boop se contorneaba al ritmo de las músicas de Cab Calloway, Don Redman y del propio Louis Armstrong. El comentario más repetido cuando nació en agosto de 1926 en los estudios de Max Fleischer, era que estaba inspirada en Mae West o Claudette Colbert.

La historia registra que su aparición fue en “Dizzy Dishes”, donde era una especie de mujer-perra que erotizaba los instintos caninos de Bimbo, un perro humanizado. Demasiada zoofilia para esos años. Poco después, ya era la Betty tradicional, de melenita corta, boca con forma de corazón y un cuerpito insinuante que volvía locos a los hombres y la bronca sin par de la cantante Helen Kane, que le entabló una demanda por… ¡apropiación ilegítima de personalidad!. Esto último prueba que estúpídos hubo siempre.Su creador, Myron "Grim" Natwick, la hizo rebelde y una vez escribió: "Aunque nunca fue vulgar ni obsena, Betty era una sugestión que uno podía deletrear en tres caracteres: S-e-x”.

La chica animada era lo que hoy conocemos, popularmente, como "una histérica". A algunos hombres dibujados los seducía y, cuando el plato parecía servido, les pegaba una cachetada. En algunas oportunidades, el episodio culminaba con un paréntesis que sugería el mejor desenlace para el galán, aunque en el dibujo jamás pasaba nada. La libertad de Betty duró apenas cuatro años. Cuando los yanquis puritanos inventaron el Código Hays para la censura, una de las primeras víctimas fue... Betty Boop. Al principio hubo resistencias, pero en 1934 los moralistas le ganaron la batalla: la obligaron a estirar sus faldas y a perder la picardía. La seducción se volvió estupidez. Las insinuaciones al ritmo de “Esa es mi debilidad” se volvieron resignaciones acompañadas por el “Blues de la limpieza hogareña”.

La pobre Betty se fue consumiendo en una anemia terminal, mientras quienes le habían quitado la sangre se ensañaban con otras colegas ficticias, como la Jane de Tarzán. Aunque llegó a los cien cortos (de uno de ellos surgió Popeye), la Boop murió irremediablemente en 1939, cuando comenzaba la Segunda Guerra Mundial y el mundo estaba muy aterrado como para preocuparse por un dibujito animado. El “boop-boop-a-doop” de Betty se perdió en el tiempo. Tuvo alguna aparición esporádica y su "padre", que vivió hasta los cien años, tuvo el mal gusto de sobrevivirla medio siglo. La última vez que se la vio, batía con nostalgia sus pestañas en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, donde se enamoraba vanamente del protagonista. Vaya un recuerdo, entonces, por esa chica que inundó de sensualidad los cartoons de los años


(Esta columna fue publicada en el diario La Razón y también podés leerla acá)